lunes, 20 de febrero de 2012

PLANTAS Y DEMÁS SERES VIVOS O MUERTOS


Hay una cosa que todos tenemos en común: recordamos la casa de nuestra madre (que en algunos casos coincide con la de nuestro padre) repleta de plantas.
Pero nuestra relación con las plantas no es estable, de niños la curiosidad nos puede y las machacamos.
En la adolescencia ni te das cuenta que convives con esos seres vivos llamados padres, y menos aún que éstos tienen plantas.
Durante la veintena (no nos engañemos a esa edad solo reconocemos una clase de planta cuyo nombre bíblico empieza por M) te fumas a la planta bíblica y al resto las utilizas de coartada, no te vas nunca con tus padres para quedarte a regar las plantas.
En la treintena no es que las ignores, es que están todas muertas de la década anterior.
En los cuarenta, es cuando empiezas a hacer acopio de plantas por el lamentable motivo que en breve os contaré.
Y a los cincuenta, cuando te independizas, te llevas las de tu madre porque la pobre esta agotada de estos 50 años de dictadura filial.

Con los años ganamos en quilos y en plantas. Lo del peso tiene una explicación científica, y lo de las plantas social; es el resultado de la mala leche humana en su conjunto.
Las plantas son seres vivos que uno no suele comprarse a sí mismo, sino que suelen ser un regalo. Pero no un regalo de amor, de amistad, de reconciliación o de cumpleaños, nada de eso, es un regalo de mal rollo, básicamente es lo que te regalan cuando estas enfermo.  
Ahí la razón del porque no nos empezamos a interesar por las plantas hasta los cuarenta, y es que antes estamos demasiado sanos.

¿Por qué regalar una planta? ¿Para que el enfermo haga la fotosíntesis con ella?
Deberíamos aprender a regalar otro tipo de seres vivos más prácticos, que dieran alegrías más a corto plazo. Y no te pongo ejemplos porque nuestras depravadas mentes están pensando lo mismo.

Pero siendo realistas, la planta no es la peor opción de regalo para cuando estás convaleciente, hay algo más decadente.
Hace poco estaba totalmente inmovilizada con una pierna rota, a pasos agigantados mi culo cogía la dimensión de la difunta plaza de toros Monumental, y apareció el Forrest Gump de turno con una enorme caja de bombones en la mano.
Gracias, pero prefiero hacer la fotosíntesis.

Aunque la cosa empeoró cuando haciéndose el gracioso dijo con acento a lo Gump pero en versión doblada:
- “La vida es como una caja de bombones nunca sabes lo que te va a tocar”
Y a ti te da por contestarle que mejor imite a Forrest Gump cuando echa a correr y no para en dos años, pero te reprimes porque alguien, a quien nunca le han regalado una caja de bombones, te dice que es de mala educación.

Los seres vivos que no hacemos la fotosíntesis somos malignos, ante un enfermo de cuerpo inerte nos ponemos de acuerdo y le regalamos todos lo mismo. Que la primera visita te regala bombones, ley de enfermo que el resto hará lo mismo, que el primero te regala una planta, fijo que acabaras viviendo en una jungla, recibiendo la visita de varios “Frank”. Ya sabes ese tipo de persona que hace pasar animales de lo más dóciles por monstruos peligrosísimos, metido todo el día en el fango y vestido totalmente de forma inadecuada para trabajar.
Increíble lo que se asemeja “Frank de la jungla” a los políticos.


Así que obligados por las circunstancias, poco a poco vamos entrando en el mundo planta, empiezas con los consejos básicos; el primero suele ser que le hables, y el segundo que la escuches porque te dirá cuando necesita agua. ¡Por favor! ¿Y qué será lo siguiente? ¿Ponerle un plato en la mesa por Navidad?
¡Basta ya de atribuir a las plantas condiciones humanas!...Que luego las plantas se lo creen y te gastas un pastón en sus tratamientos psicológicos.

Con la primera planta, cuando llega el momento de las vacaciones no te lo piensas mucho, tiras la planta al primer contenedor verde que encuentras, y lo haces en el verde por un tema de mimetismo. Pero como tienes sentimientos lo haces con cuidado, casi casi con mimo para que no se haga daño al caer, y con la esperanza de que alguien te este viendo y la adopte.
Cuando ya tienes varias te cuesta abandonarlas para irte de vacaciones, pero acabas dejando la llave a la vecina más cotilla. Esta opción de la vieja del visillo solo debe utilizarse en caso de gravedad extrema, es decir cuando tengas una hija veinteañera que se queda para regar las plantas. 
A tu vuelta las plantas estarán moribundas, pero la vecina te pasará un informe completo de los movimientos clandestinos habidos en tu casa, dejando en ridículo a cualquier ex agente de la Stasi.

Tanto los hombres como las mujeres solemos saber que hemos llegado a la cuenta atrás de nuestras vidas cuando sufrimos el síndrome de Diógenes.
La diferencia está en que nosotras acumulamos plantas, y ellos objetos absurdos como etiquetas de vino, sobrecitos de azúcar,  pequeños electrodomésticos averiados o ex mujeres menores de treinta si son tipos con pasta.


Pero si las plantas son un regalo de mal rollo, las flores ni te cuento. Para empezar están muertas, solo puedes hacer con ellas su camino hacia la putrefacción. ¿Bonito? No mucho.
Para seguir, quien te las regala te considera lo suficientemente inútil como para no conseguir mantener con vida a una planta, y además te da por perdida porque sino te regalaría un tamagotchi a modo de prueba.
Y para terminar, al darte el ramo suelen añadir: “Mira que bien huelen”, primero; con los ojos no huelo, y segundo ¿huelo mal? Pues mejor regálame un desodorante que al menos me durará más tiempo.

A modo resumen, dentro de los regalos de mal rollo, si te toleran te regalaran plantas, si les caes mal bombones y si no te soportan flores.
Una muestra más de que las flores son malas, es que mayoritariamente (el 99,99% de las veces) es un regalo destinado a las mujeres. A quien queremos engañar, si fuera bueno culturalmente se regalaría también a los hombres.

Pero hay algo que supera el mal rollo de las flores, y no me refiero a las flores artificiales, que también.
Lo peor es que te regalen flores fuera de una fecha señalada.
A partir de ese momento la receptora del ramo (99,99% mujer) se tensa, y al emisor (99,99% hombre) le sale automáticamente una llamativa áurea fosforito de culpabilidad.
No me gusta decir tacos pero hay que ser muy gilipollas para hacer ese tipo de regalo, es como jugar a la ruleta rusa con la recámara llena.
Da igual lo que digas o hagas a partir de ese momento: eres culpable.
Como diría el rey de mi casa: no es un comportamiento ejemplar.


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